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INDIVIDUO Y COMUNIDAD

>> 22/10/10

Imagen tomada de internet

Recientemente, se han dado dos situaciones en mi vida que me han llevado a reflexionar de nuevo sobre cuestiones que tenía bien archivadas. Las creía conocidas, tópicas y ya puestas en práctica por la inmensa mayoría. No sé si será la crisis y estos tiempos feos que cabalgamos, no sé si se deberá al lado oscuro de la naturaleza humana, pero lo cierto es que he sentido de nuevo una profunda injusticia en mi interior y unas ganas tremendas de denunciar a quienes todavía se comportan como si fueran los dueños de la existencia y estuvieran en posesión de una verdad sólo a ellos confiada.

Como huyo de la violencia y de los enfrentamientos estériles y pueriles, no entraré en apreciaciones sobre esos seres que se creen depositarios del sentido recto, sacerdotes de esencias ya caducas, jurisconsultos con potestad legislativa sobre todos. Me basta con decir que jamás entraré en esos juegos y que siempre he preferido la auctoritas a la potestas.

Supongo que, como hija del siglo XX, tengo una buena dosis de individualismo. Sí, he de reconocer que soy terriblemente individualista. No acepto de buen grado las imposiciones, ni las consignas, ni las disciplinas que encorseten mi mente. No admito intromisión alguna en mi reducido ámbito de libertad. Y digo reducido porque, como todo humano, conozco los límites que me conforman: los genéricos que la sociedad impone y los éticos de respeto a la dignidad y a la libertad de los otros.

Mis primeros años, los años en los que se forma el carácter de una persona, se desarrollaron bajo la dictadura franquista. Muy pronto se despertó en mí un espíritu rebelde que se alzaba contra un entorno que no dudé un segundo en calificar como opresivo, pues opresivo era acudir a la librería en busca de un autor o de un título y que fuera prácticamente imposible conseguirlo, opresivo era ser mujer y cargar sobre los hombros una serie de obligaciones que no atañían a los hombres –aunque a nosotras nos atañeran todas las de ellos–, opresivo era no poder hablar, no poder expresar los pensamientos.

La rebeldía ante lo que mis pocos años no aguantaban me llevo a asumir una militancia de izquierdas, una militancia que inicié llena de ilusión, con la fe ciega y maravillosa que la juventud alberga en la posibilidad de forjar un mundo más justo y equitativo, con las ganas de lucha impolutas y vírgenes. Pronto comprobaría que el ser humano muestra sus defectos y virtudes en todos los ámbitos y que la ideología no salva ni otorga un marchamo de distinción ética. Me aterré ante determinadas actitudes de gentes que se llamaban a sí mismas progresistas, observé malos modos y envidias encubiertas, advertí abusos de un hipotético poder basado en el carisma, me alcé frente a silencios que guardaban la información para unos pocos, me desilusioné en suma. Aún era muy joven para entender algo que comprendí más tarde: que la ideología no salva del descalabro como ser humano.

Huérfana de congéneres en ideas expansivas y escarmentada de partidismos que quisieran colonizarme y programarme la mente para que sólo apreciara un determinado segmento de color, negando el resto variado y rico que ofrece el arcoiris, me creé mi propia ética basada en la experiencia, en la observación detallada del entorno y en la lectura y escritura incesantes. Contrastaba en la realidad cotidiana que existían maravillosas personas que se definían de derechas y seres oscuros que se proclamaban de izquierdas. En definitiva, aprendí que la pretendida ideología de un ser humano no lo nimba de gloria ni lo arroja sin más al infierno de los injustos. La lectura y mi particular pasión, la escritura, me llevaron a meterme en el alma de muchos personajes, a sondear sin miedos los abismos de todos los humanos. En esa tarea solitaria y al tiempo enriquecedora, ya que acerca a los otros al ponernos de veras en su piel, descubrí que sólo puede cambiarse la sociedad cuando los individuos que la integran son en su interior justos, limpios de alma, respetuosos con las verdades de los otros, compasivos y solidarios con cualquier compañero de vida. Es fácil llenarse la boca con posturas progresistas y difícil ser progresista en la vida cotidiana, abierto a todas las razones, atento a lo bueno que cada hombre lleva en su interior, alerta a la chispa de eternidad que cada uno cobija.

Aprendí la lección y, a lo largo de mi vida, he conocido a personas y no a miembros de partidos, militantes de consignas o voces amparadas en generalidades. Como a personas las he tratado, con el mismo respeto que me trato a mí misma. Nunca me ha importado ab initio su ideología; sólo he atendido a su actuación cotidiana, a baremos de bondad, a estelas de justicia, a siembras de comprensión. En ocasiones, me han dicho que son de derechas y –he de confesarles– me han dado un cierto reparo, pero soy rápida de reflejos y siempre he reaccionado pronto, porque no me importa como se designen si veo en su acontecer bondad y justicia. También he conocido a auténticos indeseables que se proclaman ufanos de izquierdas y creen que, con eso, basta y sobra.

Toda esta perorata puede resultarles pueril e ingenua. Para mí, no lo es. Ya hace mucho tiempo que he descubierto que sólo la suma de impulsos individuales puede lograr una sociedad más justa, equitativa e igualitaria. Impulsos guiados por una ética que no se pliega ante el dinero ni ante los privilegios del poder.

¿Será posible el cambio a nivel individual? ¿Será posible acabar con la corrupción personal? Porque si cada uno actúa desde una ética privada que le impide tales desvergüenzas, no habrá tentación frente a esa persona y el mundo será un poquito más justo. Si sumo éticas en individuos, crece el porcentaje. Si se extiende ese modus vivendi cambio perspectivas imperantes en la sociedad.

Suelo ser optimista y tiendo sin fisuras hacia la ilusión, aunque también albergo mis dudas y recelos, que la historia de la humanidad arroja siempre el mismo balance de pasiones a través de los siglos. En todo caso, y a sabiendas para no perder los ánimos en la batalla de conseguir un mayor nivel ético, me amparo al abrigo de una frase del revolucionario italiano Antonio Gramsci: “Frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad” (cito de memoria). Mi voluntad es optimista y desea creer que seremos capaces de mantenernos limpios algún día. Sin esa limpieza interior, no cabe ningún cambio social.

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DESIERTO

>> 25/12/09



I


Extraña.
Extranjera.
Su voz, su acento diferente,
su estatura y su sonrisa,
su sentido del humor
y hasta sus pobres y no rebuscadas emociones.

Allí, existen normas propias.
No es la ley de los humanos.
No es la ley de la misma aventura en la vida.
Allí, el nativo engríe la cabeza,
alza murallas de hermetismo
y sólo se acompaña de la mirada cómplice del igual.

Dejó el azul para llegar al gris,
abandonó la gloria por la tierra,
abatió sus alas por un amor inconstante.
Pero tanta renuncia la enseñó.
Ha aprendido lo que hubiera deseado que nunca fuera cierto.
Ha gustado la hiel más ácida
de las palabras que debieran estar prohibidas,
y, con sólo insinuarlas sus labios inocentes,
el alma vuelve a partírsele, como un hueso débil,
en los abruptos acantilados de sus perfiles sonoros.

Ojalá dé,
dé, a partir de ahora, a sus días otro rumbo
hacia un lugar más amable y sereno.
Su corazón no aguanta ya tanta indiferencia, tanto cinismo.

II

Un nuevo año sobre el paisaje yermo.
Un escalofrío que presagia la soledad que aún queda
hasta arribar a una orilla que no esquive el alma.
No está hundida.
Flota en la irrealidad de lo perplejo,
bucea en la lágrima que asoma sin permiso,
en el torrente que se precipita más allá de la palabra.
Y no encuentra explicaciones racionales a tanto abandono,
sólo un pinchazo agudo en el mismo centro del corazón
y un ahogo continuo que la vacía de vida.

Ningún pecado merece un castigo tan cruel.

III

No quiere hablar hoy,
pero el dolor grita desde sus ojos
y vocea hasta en el más imperceptible de sus gestos.

¿Qué añadirían las palabras?
Las palabras... Tantas veces prisioneras
del sentido común,
normalmente veladoras del auténtico estado del alma,
hoy nombrarían el río que erosiona su tierra
y contarían que su ama ha alcanzado la cima
del entendimiento, de la madurez oscura,
la más alta cumbre del saber,
de un saber sobre lo humano que espanta y atenaza.

¿Para qué hablar?
¿Para decir que no existen los absolutos?
¿Para morder entre los labios la desesperación?
¿Para olvidar el continuo sentimiento
que incendia en sus entrañas el olvido de los otros?
¿Acaso para que la muerte suene entre las ondas?

IV

Legiones melancólicas pasean por sus sienes.
Aturdida ante el espanto,
ante el descubrimiento involuntario de la verdad
última y terrible de cualquier corazón,
no desea dar crédito a tanta aridez.

Sola, brama lo imposible,
como el accidente no deseado de la vida,
la curva mortal del espejo de los otros,
la ausencia absoluta de un pensamiento solidario,
el trapecio sin red de las relaciones humanas
o el destino del frío en la definitiva estación de un individuo.

Al final, son indiferentes los días o las noches,
las luces o las sombras.
No importa ninguna voz,
ya que ninguna se ofrece
en concordancia con los interiores que las animan.
No importa ninguna mirada, ningún gesto.

Todo lo que llega de fuera,
de los otros compañeros de especie y de aventura,
no es más que máscara,
una comedia de sinceridades
siempre dispuestas a la traición,
siempre sensibles a los equívocos.

Recoge de los demás lo que de sí misma extrae:
vanos intentos de cercanía,
soledad profunda en un camino no señalizado,
desamparo infantil en las laderas del ego...
Múltiples sensaciones que todos sienten y ninguno nombra.

Al menos, le queda el consuelo de imaginar
que cuando llegue la nada tal vez se extinga el sufrimiento.

V

Pasea, con extrema lentitud,
por los jardines oscuros del conocimiento.
Cualquier hallazgo que hace es desolador,
y lo celebra con júbilo,
consciente de que lo que no la mate, la hará más fuerte.

Hubiera querido no saber tanto del alma humana.
Hubiera optado por mantener su ingenuidad impoluta.
Pero debe ser que el ejercicio del vivir a todos precipita,
más tarde o más temprano, en el volcán solitario,
en el estallido impúdico del sufrimiento feroz.

VI

Ahora, desde que amanece con la incomprensión,
desde que se acuesta con la soledad no elegida,
ha aprendido a nombrar muchas cosas,
ha crecido en la duda secreta
y, sobre todo, ha experimentado en plural
el sabor de un vocablo antiguo: traiciones.

Traiciones, muros que los otros elevan
para aislar las diferencias,
espadas que los demás le hunden
para salvar sus dignidades de casta.
Todo en nombre del honor,
como si hubieran olvidado lo único importante,
el cemento que liga a los humanos,
algo tan sencillo que se alza sobre cualquier diferencia:
ser compañeros del oficio que jamás se aprende,
del camino sobre el que no existen mapas,
del artefacto sobre el que no se han editado libros de instrucciones,
del pasar del tiempo, de la vida.

Ahora, que no conoce lo que ama,
que no sabe lo que siente,
se ha vuelto sabia en valores
y sólo anhela las palabras imprescindibles
para mencionar algo realmente conmovedor,
para decir, por ejemplo: mar o cielo.

Ahora, se esconde en las cosas sencillas
para que sus semejantes no la encuentren,
para que sus iguales no laceren su turbada calma.

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