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FANÁTICOS

>> 12/9/10

“He aprendido a discutir antes que a condenar”


Bobbio



Recuerdo una carta de Alfonso Sastre , dramaturgo e intelectual comprometido, a su amigo Pascual Serrano, periodista independiente, tal vez de los pocos, que titulaba: “Pero ¿qué pasa con los intelectuales?”. En relación con su obra “La Mordaza” dice: “la cuestión consistía en tratar de explicarse por qué razón operábamos la gente en general y los intelectuales en particular, en situaciones claramente injustas e incluso hirientes, como cómplices en un silencio que nos podría situar en el banquillo de los culpables objetivos de aquellas ignominias; y el drama aportaba una serie de razones por lo que la gente callábamos en situaciones que parecían exigir no solo la palabra sino el grito de la denuncia ¿ o nos encontrábamos bien recostados en aquel silencio?”


¡Cuántos motivos para gritar! ¡Cuántos con gran autoridad permanecen silentes! Se dice que Ortega cuando recibió su jubilación de catedrático y la aceptó, dijo: “a mí también me han comprado”.


En ocasión del éxito deportivo de nuestra Selección Nacional de Fútbol ha salido a relucir ese patrioterísmo excluyente con el que estamos tan familiarizados y no digamos de la prohibición de la llamada Fiesta Nacional en Cataluña. A nadie se le escapa que esa exhibición exagerada de las banderas que hemos vivido nada tiene que ver con el triunfo deportivo, o que la decisión tomada en el Parlamento Catalán se hace para no torturar a tan mítico animal. Es verdaderamente inconcebible.


Quiero gritar contra el fanatismo, contra el fundamentalismo, contra el integrismo, contra el patriotismo, contra las banderas excluyentes, que viene a ser todo una misma cosa. ¿Es el fundamentalismo el que nos hace fanáticos o el fanatismo es consecuencia necesaria del fundamentalismo? ¿Son los patriotas consecuentemente fanáticos? Todo para mí es el mismo concepto.


Europa, Occidente, se define en la Ilustración y, aunque comprendió también su peligro, se tomó la razón como norma suprema de comportamiento. Y con esto podríamos relacionar la definición de Adela Cortina, galardonada ensayista e insigne profesora, de fanático: tipo de persona que inmuniza sus convicciones frente a la crítica racional. El fanático es ajeno a nuestra cultura.


El fundamentalismo tiene su origen ligado al ultraconservador movimiento liderado por el Papa Pio IX, como una reacción contra la modernidad: por encima de nuestra razón, la fe. Dejando a un lado la utilización del término como un insulto descalificador, el fundamentalismo, en todo tratado de Ética tiene tres características perfectamente identificables:


- Identidad cerrada a una idea o a una tribu. No estamos tan lejos de los simios.


- Incapacidad democrática, pues la democracia exige participación pública basada en la deliberación, en el intercambio de opiniones, en la reflexión. Está el fundamentalista incapacitado, pues no escucha, repite, repite, repite.


- Es inmoral porque no respeta y es lógico porque para respetar hay que superar que los otros valen por sí mismos.


¿Alguien de los posibles lectores no los reconoce? Tras el triunfo deportivo hubo una explosión de alegría y lo expresamos a través de la bandera como símbolo. Pero pasado el tiempo, ¿dónde siguen expuestas?, ¿quién las lleva en el coche?. La contestación: los de siempre, los excluyentes.


He tenido ocasión de hablar con un amigo de toda la vida (y ésta empieza a no ser corta) que, confesado por él, nunca ha visto, ni por televisión, una corrida de toros y ahora es un profundo seguidor del arte taurino y argumenta con desparpajo las implicaciones antropológicas de la fiesta y la nación. Naturalmente ha regalado una camiseta de Casillas a sus nietos.


Y lo peor de todo es que no hay esperanza, porque no tienen rigor crítico, ni dudan, ni toleran.


Permitidme rematar con mi valorado Bobbio, el intelectual más crítico que haya podido leer y que escribió aquello que consideraba la más grande lección de su vida:


“He aprendido a respetar ideas ajenas, a detenerme ante el secreto de cada conciencia, a comprender antes de discutir y a discutir antes de condenar. Y puesto que estoy en vena de confesiones hago todavía una más, tal vez superflua: detesto a los fanáticos con toda mi alma”.

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GRITO CIUDADANO

>> 12/5/10



En silencio vamos sufriendo lo que nos acontece. Muchas veces me hago la pregunta, quizás retórica, porque todos intuimos la contestación: ¿por qué los partidos políticos y la prensa alineada nos tratan de esta manera?, ¿por qué nos tratan como si fuéramos individuos irreflexivos? Me pregunto, igualmente, ¿por qué algunos conocidos y amigos repiten servilmente aquello que dicen aquellos? Y entonces grito con ira ciudadana.

No es cuestión de ser exhaustivo. Todos estamos al corriente. Pero permitidme:

La trama Gürtel. Según reconoce Correa, lo suyo son las relaciones con los políticos: Bárcenas, el ex tesorero, Pablo Crespo, ex secretario del PP gallego. Conoce a Agag y es testigo de su boda, compartiendo tal honor con dos primeros ministros. Un militante del PP denuncia sus relaciones con políticos madrileños de ese partido. Se regalan relojes, banquetes y hasta un Jaguar.
Se monta una franquicia en Valencia, aparece “el Bigotes”: “te quiero un huevo amiguito del alma”. Más relojes, trajes, pulseras y coches. Algún juez es “más que un amigo”. Para qué seguir.
Posición del Partido Popular: El caso Gürtel no es una trama del PP, sino una trama contra el PP. Se dice textualmente: “Esto no va con nosotros”.

¿Por qué nos tratan así?

¿Y el caso Matas? Como lo anterior pero con tintes más castizos. Un ministro de España, un Presidente de Comunidad que compra palacios a bajo precio, y que tiene la rara habilidad de hacer velódromos que no lo son y al doble de su valor. Según parece el Sr Rajoy está disgustadísimo y ya no le llama Jaume. Para demostrar su enfado le llama Jaime.

¿Por qué nos tratan así a los ciudadanos?

Qué decir del distinto trato que recibe el Juez Garzón si hablamos del caso Morey o del caso Gürtel y los crímenes del franquismo. He presenciado en Murcia cómo un miembro del PSOE le lanzaba a la cara los improperios más vergonzantes. Y ahora son los miembros del PP los que se encargan de lanzarlos. Hay que ir a las hemerotecas para leer las manifestaciones de todos estos políticos en ambas circunstancias.

¿Acaso nos merecemos esto?

Pues bien, con todo lo que está cayendo, me aparece un entrañable amigo, dicho sea de paso, poseedor de grandes honores universitarios y me dice: al Sr. Presidente de las Cortes le ha tocado la “Bonoloto” y comienza a relatarme la insinuación, como eco, que el PP en boca de la Portavoz Parlamentaria y de la Secretaria General pone en circulación sobre el patrimonio del Sr. Bono.Quedé estupefacto. A mí que en silencio intentaba digerir la vergüenza que no sentía desde el caso Roldán: lo único que se le ocurrió era hacer un juego de palabras.

Generalmente las reflexiones más o menos profundas las hacemos como consecuencia de un pequeño detalle o anécdota que nos ocurre. Llegué a la conclusión de que mi querido amigo había abdicado de su raciocinio crítico y me acordé de la figura que se da en las sociedades tradicionales en las que la estructura del Estado es casi nula: el clientelismo.

La clientela en el mundo romano se entendía como una relación entre sujetos de distinta condición. Uno de rango superior o patronus y otro de rango inferior. El patronus lo protegía y el cliente, a cambio, se mostraba sumiso, deferente y obediente. La sociedad civil es y tiene que ser contraria a la clientelar pues está basada en vínculos horizontales y no de sumisión.

A este respecto recuerdo el texto de Norberto Bobbio, probablemente el máximo filósofo de la Ciencia Política, titulado Las Promesas Incumplidas de la Democracia. La sexta está relacionada con el Aprendizaje de la Ciudadanía y en su comentario hace mención a John Stuart Mill quien distingue entre ciudadanos activos y pasivos y cómo los gobernantes prefieren a los segundos pues es mucho más fácil dominar a súbditos dóciles o indiferentes, pero que la democracia necesita de los primeros, de los activos.

Nos enfrentamos, dice Bobbio, a algo que puede ser peor y es la apatía política, a no estar interesados en lo que sucede.


Los partidos políticos necesitan votos. Pero hay algo previo.

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