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OFICIS QUE TORNEN

>> 27/6/11

Què fas quan no tens feina i se t'acaba la prestació per atur? Hi ha persones que opten per delinquir d'altres rebusquen als contenidors d'escombraries i alguns han tornat al camp per tal d'espigar.
L'ofici no és nou, a l'antic Testament podem llegir la història de Ruth que, en quedar-se vídua i junt amb la seva sogra Noemí, van darrere els segadors per recollir les espigues que es deixen. Segons la llei de Moisès els pagesos tenien prohibit resseguir els camps ja que allò que hi quedava havia de ser per les vídues i els orfes.
No fa gaires dies al TN vaig veure com una munió d'homes i criatures anaven a cercar les patates oblidades al solc per a recollir-les i guanyar-se uns cèntims per tal d'anar passant. Que dia passa, any empeny.
Em va cridar l'atenció perquè la meva mare durant la postguerra i quan no hi havia feina s'hi dedicava: espigava blat per poder tenir pa, olives, ametlles i panís.
A Lleida el clima és molt dur. Dubto que els urbanitas puguin fer-se a la idea de com són els hiverns. Es llevaven molt d'hora per a ser al tros a punta de dia. S'enduien un bocí de pa amb alguna cosa, arengada gairebé sempre i es posaven a la feina: resseguir els camps collits i plegar les olives que s'havien quedat oblidades entre el fullam ple de gebre, si hi havia boira la cosa es complicava.
A l'estiu anaven a cercar espigues de blat i d'ordi que havien quedat a terra o als marges: el blat per al consum humà i l'ordi i el panís per l'aviram.
Les ametlles se les venien. De vegades tenien sort i arreplegaven molt i d'altres després de estar tot el dia al defora tornaven a casa gairebé de buit. I l'endemà sant tornem-hi. La càrrega la portaven al cap en un cabàs o en un feix.
A la mare la recordo amb grossos feixos d'herba a sobre el cap, per tal de donar menjar als conills.
El pare era una mena de proscrit, a l'any 46 havia sortit de la presó a més va quedar molt malferit a la guerra i segons quines feines no podia fer-les perquè anava molt coix. Al principi portava una espardenya i una sabata pel peu ferit, després ja es feia fer les dues sabates a un artesà que tenia un obrador en un carreret que donava a Fernando, a Lleida. Feia hort i a l'estiu treballava de vigilant de l'aigua. A l'Octubre s'acabava la campanya de reg i aquells mesos feia allò que podia: conreava la poca terra que li havien deixat els seus pares i tenia un hort que encantava. Vivíem amb l'àvia que llavors cobrava la vellesa que deia ella, unes 300 pessetes a l'any 63 quan es va morir. La padrina no tenia seguretat social i durant el temps que va ser al llit apagant-se com una candela els pares havien de comprar els seus medicaments.
Mentre la mare va ser soltera les dames del rober parroquial o de Càrites que diríem ara li solien portar quelcom a les festes nadalenques fins que van deixar de fer-ho quan totes mudades van venir a casa per dir-li que com que el seu gendre era un roig i massó i la seva filla no anava a missa els diumenges no li podien donar res. La mare les va sentir i les va fer fora de casa tot dient-los-hi que mentre elles es donaven cops al pit ella havia vingut de trencar el gel per espigar quatre olives, el pare va dir que si les tornava a veure per allí els hi fotria una empenta que se n'anirien a parar a la bassa.
També recordo l'estol de pobres que demanaven almoina i sabien el camí de casa nostra perquè tant la mare com el pare practicaven la Solidaritat amb majúscula. A mi em feien baixar la meitat de les patates, mitja barra de pa o un tall de cansalada per aquells pobres homes desterrats, ex presidiaris que s'estimaven més demanar caritat que treballar al Pont de Suert gairebé en règim d'esclavatge.
Temps de silenci, gris i aclaparador. Temps de pobresa que ara torna com les orenetes del poema per obra i gràcia de quatre espavilats que han aconseguit socialitzar les pèrdues i privatitzar els guanys. Sort que ara vivim en democràcia, si no, no sé pas com ho aguantaríem. I és que això de poder escollir als qui ens han portat fins al peu de l'esbalç és un gran què. 
(La traducción mañana)



Traducción
¿Qué hacer cuando no tienes trabajo y se termina el subsidio de paro? Los hay que optan por delinquir, otros rebuscan en la basura y algunos regresan al campo para espigar.
Éste es un viejo oficio, en el Antiguo Testamento leemos la historia de Ruth y su suegra Noemí que iban detrás de los segadores para recoger las espigas olvidadas. La ley de Moisés prohibía reseguir los campos porque los frutos olvidados debían ser para viudas y huérfanos.
Hace pocos día vi por televisión como muchas personas rebuscaban patatas en los surcos para venderlas y ganar unas perras.
Me llamó la atención porque mi madre, cuando no había trabajo, durante la posguerra hacía lo mismo. Espigaba aceitunas, trigo, almendras o maíz.
En Lleida el clima es muy duro. Dudo que los urbanitas puedan hacerse a la idea de cómo son los inviernos. Se levantaban muy temprano para estar en el campo al alba. Se llevaban un trozo de pan con cualquier cosa y se ponían a trabajar: rebuscar en los campos cosechados. Si era invierno y había niebla la cosa se complicaba.
En verano eran las espigas de cereal olvidadas en los surcos o en los márgenes. En ocasiones tenían suerte y regresaban con provisiones, en otras volvían casi de vacío. Y a la mañana siguiente vuelta a empezar. La carga la acarreaban ellos mismos sobre la cabeza en un capazo o en un haz.
En ocasiones recogían hierba para alimentar a los conejos.
Mi padre era una especie de proscrito, ex presidiario, herido de guerra que trabajaba durante el verano y que en invierno hacía lo que podía con su cojera.
La abuela vivía con nosotros, cobraba la vejez, decía ella, unas 300 pesetas en el año 63 cuando murió. No tenía cartilla de la S.S. y mis padres tuvieron que comprar sus medicinas durante el año en que permaneció en cama apagándose como una vela.
Mientras mi madre estuvo soltera, las damas de acción católica le solían ofrecer sus dádivas en Navidades. Después fueron a verla para decirle que no iban a favorecerla más ya que su hija no iba a misa y su yerno era un rojo y un masón.
Mi padres las echaron de casa, mamá les dijo que mientras ellas se daban golpecitos en el pecho ella rompía el hielo para recoger cuatro aceitunas. Mi padre fue más expeditivo, dijo que si volvía a verlas por allí de un empujón las mandaría hasta la balsa.
Recuerdo las bandadas de mendigos que conocían bien la puerta de nuestra casa porque mis padres practicaban la Solidaridad con mayúscula. A mi me encargaban bajarles la mitad de las patatas de la cesta, la media barra de pan o el trozo de tocino. Eran hombres jóvenes desterrados, ex presidiarios que preferían pedir limosna antes que trabajar en el Pont de Suert en régimen casi de esclavitud.
Tiempos de silencios, grises y agobiantes. Tiempos de pobreza que ahora vuelven como las golondrinas del poema por obra y gracia de cuatro listos que han conseguido socializar sus pérdidas y privatizar sus ganancias. Menos mal que ahora vivimos en democracia, si no, no se cómo podríamos aguantarlo. Eso de poder elegir a los que nos han llevado hasta el borde del abismo ha sido un gran avance.

PS/ Pido disculpas a los castellanoparlantes que no hayan entendido nada del post. Ha sido porque cuando un escrito sale de las tripas lo hace en la lengua materna, no por otra cosa.

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ACOGE UNA SONRISA

>> 9/5/11


Comienza una nueva campaña de Vacaciones en Paz. Cientos de voluntarios trabajan en la logística que es complicada.
Para muchas familias españolas se inicia una cuenta atrás que terminará en junio cuando los niños saharauis lleguen para pasar el verano lejos del calor insoportable de la Hamada argelina.
Este año todo se complica por culpa de la crisis: hay menos familias, menos niños y menos recursos.
Si aquí tenemos problemas con nuestro día a día, podemos imaginar lo que ocurre en un campo de refugiados. Hace unos días, un amigo me lo resumía en una frase lapidaria: más por menos; más bocas por menos alimentos, más niños por menos maestros, más enfermos por menos doctores.
Este es un proyecto que cuenta con muchos defensores y también con innumerables detractores. Lo primero que aducen es que, sacar del entorno miserable a un niño para después devolverlo, es una crueldad, esto respecto a la vertiente humanitaria, tocante a su significación política, suelen ser más duros porque nos acusan de utilizar a los niños para hacer propaganda.
Yo, os lo digo con la mano en el corazón, no creo que las familias acogedoras seamos crueles ni tampoco que utilicemos a los niños, si lo pensara nunca hubiera participado.
Los niños desean regresar a su hogar a pesar de que aquí tengan cosas que allí no tienen y además están ansiosos de que el mundo les conozca y que todos sepan que viven refugiados porque sus padres o sus abuelos tuvieron que huir para salvar sus vidas.
Algunos de estos pequeños son huérfanos: hijos de mártires que dieron su vida por la Causa. 

Nunca se lamentan, a veces te dicen que la pérdida del padre o de la madre les duele por sus hermanos pequeños que no tuvieron tiempo de conocerles y de aprender con su ejemplo.
En ocasiones te piden cosas disparatadas: una piscina de plástico para bañar a sus hermanos, un túper de pescado para la madre que hace tantos años no ha podido probarlo y lo echa de menos, cajas de gomas de borrar para regalar a sus amigos, el móvil desechado o nuevo para poder comunicarse con sus familiares al otro lado del muro, una olla rápida para que la bombona dure más, unas cintas con las canciones de moda. En otras, te sorprenden al explicarte que, cuando tienen hambre, se van a jugar y así se les olvida o que los saharauis son muy raros porque gritan ¡Sáhara Libre! con la barriga vacía.
Te enojan porque prefieren una fruta antes que la carne, porque no hay manera de que se coman la verdura, porque no quieren ir a la cama y se pasan la noche de juerga.
Muchas veces hacen preguntas incómodas ¿Por qué tu tienes tres televisores en tu casa y yo no tengo ninguno? ¿ Por qué tienes tres computers? ¿Cómo tu tienes tres coches en el garaje y los saharauis tenemos que esperar en el control a que pase alguno y nos quiera llevar a Tinduf?
También tienen comportamientos raros: te siguen y apagan la luz, te cierran el grifo, se niegan a echar a la basura los restos de las comidas, no te dejan cargar con ninguna bolsa, quieren fregar los platos, tardan media hora para lavarse y te dejan el baño hecho un cromo. Cuando anochece, sobre todo si son pequeños, lloran o se entristecen. Te ponen al borde de un ataque de nervios porque tardan lo que no está escrito para elegir un helado, porque quieren ropas de colores chillones, o porque quieren dormir vestidos.
Nunca dan las gracias, piden en imperativo y si les dices que te pasen cualquier cosa, en lugar de dártelo en mano, te lo tiran. Te asustan porque te cuentan que saben nadar, dejas que se tiren a la piscina y se hunden, te explican que montan muy bien en bicicleta y pedalean hacia atrás, cruzan la calle sin mirar y se ríen de tus gritos de espanto. Acaban con tu paciencia porque no entienden el reloj y nunca tienen prisa.

La acogida no es nada fácil y, sin embargo, cuando se van les echamos mucho de menos.
Quizás sea por estas sonrisas que cautivan o por esos ojos, que según una amiga mía, son los más bellos de África.
No, estos niños no buscan  familia ya tienen una a miles de km.
¿Entonces por qué vienen y por qué hay personas que, a pesar de la crisis, les hacen un hueco en su hogar?
Sin duda debemos estar locos.

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PRIMAVERA LIBIA

>> 19/3/11


Por fin, el Consejo de Seguridad de la ONU ha decido tomar cartas en la complicada situación de Libia.
El mundo estaba fascinado por el monstruo nuclear de Fukushima liberado por el tsunami japonés. Las arenas del gran desierto del Sahara se empapaban, como tantas veces, con la sangre de sus hijos. El heredero se miraba en el espejo del dictador nuestro de cada día al que parece que no acabamos de enterrar. Bengasi volvería al Madrid del 39 como, si además de las armas, el monstruo tuviera una máquina del tiempo
La promesa de una primavera precoz se malograba bajo las bombas de la aviación de Gaddafi.
“No nos abandonéis”, nos pedían, mientras el mundo miraba hacia oriente y nuestros líderes se angustiaban por sus opiniones públicas que nunca les han perdonado  lo de Irán y Afganistán.
¡Cuántas reuniones de alto nivel y cuántas horas perdidas en convencer a los grandes para que no lo impidieran con un veto que habría condenado, definitivamente, a Libia al más crudo de los inviernos!
La vieja Europa no se atrevía a dar el paso aunque estaba todo preparado.
Los que se disponen ahora a destruir al coronel son los mismos que, en otro tiempo, le habían mimado y alentado en su locura. ¿Les resta eso legitimidad? 
Ayer, un amigo mío se preguntaba: Si alguien ve en plena calle como un macarra de mierda, que no tiene ni media ostia, maltrata a una mujer... ¿qué tiene que hacer?
Esta es su posición que comparto porque esta votación del Consejo de Seguridad me infunde la esperanza de que no todo está perdido, de que otra bandera muy parecida a la de los rebeldes libios, que ahora ondea en tierra extraña, pueda volver a casa.
Sólo hace falta que utilicen la misma vara de medir para todos los pueblos oprimidos.

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¡VIVA LA REVOLUCIÓN!

>> 14/2/11

Estos tiempos que nos ha tocado vivir, inciertos y apasionantes, nos han convertido en testigos de excepción de unos hechos que las generaciones futuras estudiarán en los libros de historia.
La inmolación de un joven desesperado encendió la chispa que ha derribado regímenes dictatoriales y corruptos disfrazados de democracias, ha puesto de relieve el inmenso cinismo del mundo occidental obsesionado por la realpolitik. No importaba que Mubarak o Ben Alí expoliaran a su pueblo sumiéndolo en la miseria, bastaba con que fueran nuestros aliados, y si alguien se atrevía a cuestionarles amenazaban con el hombre del saco: ¡que vienen los islamistas! Y todo volvía a unos cauces que parecían inalterables.
En mis días de estudiante tuve la suerte de contar con un viejo, sabio y algo excéntrico profesor que nos enseñaba que las revoluciones no son fruto de la casualidad, que detrás siempre hay ideólogos que se atreven a formular nuevos principios que la sociedad hace suyos hasta que estalla la revuelta.
Claro que el no había vivido en un mundo globalizado ni en la era de las autopistas de la información. No sospechaba que, gracias a la Red, podríamos saber en el mismo instante lo que sucede en las antípodas.
Los blogs y las redes sociales han facilitado la propagación de ideas en un periodo de tiempo muy corto. Esto, unido al descontento y la miseria endémica de una sociedad oprimida, han hecho el resto. Las revoluciones se gestan en el ciberespacio y las manifestaciones se convocan en Facebook o a través de los teléfonos móviles.
Las revueltas tunecina y egipcia, dicen los expertos, tendrán un efecto dominó que va a provocar la caída de otros líderes y que se extenderán como mancha de aceite por todo el Magreb y por el Medio Oriente.
Tal vez tengan razón, ayer mismo veíamos tímidas pavesas en Argelia. Se rumorea que en Marruecos, el Majzén está tan inquieto que ha contratado a todo un ejército de expertos en informática para neutralizar a los ciberactivistas.
Me asaltan sentimientos ambivalentes respecto a estos dos países: espero que llegue inmediatamente a Marruecos pero temo lo que pueda suceder en Argelia ya que mis hijos están allí, el eslabón más débil y más desprotegido de esta cadena: un estado en el exilio dentro de otro estado huésped del que dependen para todo.
¿Habrán aprendido la lección nuestros políticos? Ayer en la televisión la ministra de defensa entonaba el “mea culpa”, decía que se habían equivocado respecto a los vecinos del Sur del Mediterráneo, que habían sido demasiado prudentes y benevolentes.
Sin embargo otra ínclita ministra dice que lo sucedido en Túnez y en Egipto nunca ocurrirá en Marruecos, porque su divino rey ya inició las reformas democráticas hace mucho tiempo y Bono está en Guinea Ecuatorial visitando al sanguinario Obiang. Dice que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.
Ayer me contaba un amigo que, en 1975, una delegación saharaui visitó Guinea y que el encargado de cuidarles y acompañarles era el ahora presidente. Le dieron mil dólares para que se los cambiara, el tipo los cogió y se ve que hoy es el día que aún no ha encontrado la oficina de cambio de moneda porque no le volvieron a ver el careto.
Espero que no sean estos impulsos cleptómanos los que nos unen aunque, visto lo visto por nuestras Españas, no sé qué pensar.

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NAVIDAD, NAVIDAD, DULCE NAVIDAD.

>> 13/12/10

 
Ahora que se acercan las Navidades regalaremos y recibiremos obsequios entre los cuales no va a faltar algún libro. Cuando el regalo es de puro trámite, por ejemplo al amigo invisible, es muy socorrido recurrir a los manuales de autoayuda. En unos cuantos capítulos te descubren todos los secretos de la felicidad. Da igual que tengas una depresión de caballo: la dicha está al alcance de todos gracias a estos autores que han descubierto el filón.
Hace unos años era la maravillosa fluoxetina: si estabas bajo de ánimo, cansado de la rutina diaria, harto de la suegra metomentodo: receta al canto y a ser feliz que son dos días.
En una ocasión le comenté al doctor que ya estaba harta de depender del Prozac y del alprazolam. Me objetó que todo el mundo se toma algo: para la tensión, la diabetes, el colesterol o lo que sea. ¿Por qué usted va a ser diferente?
El caso es que, más que nada para llevarle la contraria, prescindí de las pastillas y restringí los somníferos que sólo tomo cuando estoy verdaderamente desesperada. El insomnio es como una maldición que me persigue desde hace algunos años.
Así estaba cuando recordé un artículo que había leído de jovencita. Un hombre al que todo había dejado de interesarle se lo comentó a su médico de cabecera. Ocurrió in illo témpore cuando los médicos de familia se sentaban en la silla y te decían:
- Cuéntame ¿qué te ocurre?
Porque en la actualidad hay algunos que te miran como si fueras un raro insecto colocado en el portaobjetos del microscopio y lo que te pase o te deje de pasar les importa un pimiento.
Bien, pues el doctor escuchó atentamente y le recetó unos cuantos consejos muy curiosos. Primero le preguntó si había algún lugar en el mundo dónde se había sentido verdaderamente feliz y despreocupado. El paciente le respondió que sí: de pequeño solía ir a la playa y que allí siempre lo pasaba muy bien.
- Pues vete allí, le contestó el doctor, completamente solo. Una vez llegues lees estas hojas, ahí están las pautas.
La primera era: escucha atentamente. Un poco a regañadientes se dispuso a obedecer: el viento, las olas, el roce de las hierbas que crecían entre la arena de las dunas… Acostumbrado a un ritmo de vida trepidante el tiempo pareció detenerse, inmovilizarse. Su mente se quedó en blanco sólo atento a los ruidos que eran más tenues que la galerna.
El segundo: trata de volver atrás. ¿Atrás? Pero si las preocupaciones estaban en el presente y no en el pasado. ¿Hasta dónde de atrás? Casi sin darse cuenta empezó a rememorar tardes de pesca, mañanas de playa, días de feria, de tiovivos y nubes de algodón de azúcar. Volvió a oír la voz de su hermano muerto en la guerra, de sus padres y de compañeros de juegos ocasionales. Se sorprendió a sí mismo sonriendo.
El tercer consejo era más agresivo: revisa tus motivaciones. Esta receta le puso a la defensiva: ¿qué quiso decir el doctor? ¿qué su escala de valores no era la correcta? Sin embargo, a solas con su alma, reconoció que no. Que, en realidad, no quería aquel ascenso que había aumentado su sueldo pero también le había robado muchas horas de asueto y convivencia con los suyos. Tuvo que decidir qué iba a hacer y llegó a la conclusión que lo importante no es lo que comes sino lo que digieres.
El último, ya con el sol hundiéndose en el ocaso: escribe tus preocupaciones en la arena.
Así lo hizo, cerca, muy cerca de la orilla, sabiendo que en cuanto la marea subiera las palabras desaparecerían.
En realidad, continuaba el articulista, primero tenía que estar preparado para el ejercicio de introspección que se avecinaba, de ahí la soledad y la comunión con la naturaleza, después tenía que recordar qué se siente cuando uno es feliz para así poder identificar las cusas del malestar presente, y por último y una vez hecho el diagnóstico encontrar su propio remedio.
Y en este momento, me acuerdo de Rafa que tiene como leit motiv: Compré tiempo a cambio de dinero y juro que no me ha ido mal.

Estoy a punto de volver a la Hamada argelina, uno de los lugares más terribles y más hermosos de la tierra.
Durante el día “bado” con su luz inigualable, por las noches cuento estrellas mientras, desde las dunas, llegan hasta mi, mis propias voces.
Río y lloro con mis amigos saharauis que tienen motivos para estar mal pero que, sin manuales de autoayuda ni pastillas milagrosas, te hacen feliz a base de generosidad y hospitalidad. El desierto es el único lugar del mundo en el que puedo dormir del tirón sin drogas, el único dónde puedo desconectar de todo y cargar mis pilas interiores. He aprendido que se puede vivir con muy poco, que lo que tenga que suceder sucederá, que no puedo controlarlo todo, y que es más importante tener el tiempo que los relojes aunque estos sean suizos.
Releo lo escrito y me parece que he hecho lo mismo que estos autores que criticaba al principio.
Tomadlo como un regalo de Navidad virtual y si os gusta bien y si no, lo dejáis en el cajón de los trastos y asunto concluido.
Si habéis llegado hasta el final es que verdaderamente sois unos santos.

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PALABRAS PRESTADAS

>> 30/10/10

Me he quedado sin palabras ante los últimos sucesos acaecidos en el Sahara Occidental. Por más que intento escribir algo, no puedo porque el dolor, la impotencia y la incertidumbre me invaden. Por eso, me he permitido la licencia de tomar prestadas las palabras de un poeta de la Generación de la Amistad Saharaui.
Ali Salem Iselmu forma parte de los hijos de las nubes, los ulad el mizna, dueños del sol y del viento.
Escuchemos su voz.



CULPABLE ( poema dedicado a Nayem El Garhi)

La voz inocente de un niño,
es culpable de la muerte,
culpable del odio de los verdugos
de la ausencia de su ciudad.

Culpable que entierren
su voz para siempre
ante el silencio cómplice
de la indiferencia.

Dirán que la bala
atravesó su cuerpo,
atravesó su alma
y desgarró su corazón.

Una vez más
culparan a su madre,
a su hermano
a sus amigos.

Y al final,
los vasallos
encerrados en la ignominia
del delito
culparan al niño saharaui,
de su muerte.
Ali Salem Iselmu, poeta y escritor saharaui. 

Hoy se cumple el centenario de Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, el poeta prohibido, proscrito en las antologías y libros de texto de mis tiempos de estudiante.
Recuerdo que en uno de mis viajes a la Hamada fui a visitar una nueva escuela situada a pocos metros de la haima de mi familia.
El director me mostró, muy orgulloso, un libro de lectura confeccionado en los mismos Campamentos. ¿Qué le voy a hacer? He sido maestra muchos años y no pude resistir la tentación de hojearlo.
Los primeros textos me sorprendieron por su ingenuidad y por su clara intención de inculcar hábitos de higiene en los pequeños escolares. De pronto me topé con unos versos que me estremecieron, no por desconocidos, sino por encontrarlos en aquel lugar olvidado del mundo, entre el cielo y la nada, rodeada de sonrisas y miradas pícaras.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encimas de los fusiles
y en medio de las batallas.

Comencé a recitarlos coreada por una bandada de niños que no sé si comprendieron el terrible significado premonitorio de estos vientos del pueblo que nos llevan por caminos angostos y difíciles.
Hoy escucho más fuerte que nunca la canción de los ruiseñores que siguen, como antes, como siempre, glosando a la VIDA, a la LIBERTAD y a la DIGNIDAD.

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LOS NIÑOS DE LA ARENA

>> 28/7/10


Llegan cansados, polvorientos, llorosos, alegres o asustados. Se sorprenden al ver que les estamos esperando y que, como si de jugadores de fútbol se tratara, les hacemos el pasillo y aplaudimos.
Son los niños de la arena que llegan desde el desierto. Vienen de vacaciones, ligeros de equipaje, con algunos regalitos para las familias: pulseras, collares, anillos, tal vez alguna melfha o derrah. Los más mayores que ya saben a dónde van, alguna alfombra e incluso hubo una vez un niño que llegó con una haima. Tuvieron que ayudarle porque era demasiado pesada para el.
Todos y cada uno de ellos son embajadores. Sus cartas credenciales son sus ojos profundos, las miradas más bellas de África, sus sonrisas abiertas y a veces sus lágrimas de añoranza. Pequeños representantes de una república en el exilio que llegan para explicarnos una historia que aún no han tenido tiempo de aprender.
Saben que su Sahara no es el de verdad, que hay un país que les está esperando más allá de la Hamada: dura, pedregosa, inhóspita y terrible, muy lejos, hacia dónde se pone el sol. Pero aún no comprenden porqué no pueden vivir allí, porqué, a veces, no llegan las lentejas o las medicinas, porqué en su tierra prestada no hay montañas de caramelos como aquí.
Invaden nuestros pueblos y nuestras playas, ocupan nuestras casas y nos roban el corazón.
Niños de piel canela con perfume de lebjur y arena en las sandalias. Las madres del Sahara esperan, miran al cielo y piensan en el regreso, las madres españolas llevan pulseras negras y collares de cuentas de cristal.
En las noches de verano, la luna llena nos sonríe amorosa y lejana, viste una melfha de plata cuajada de estrellas que deben ser polisarias porque escriben, en las páginas negras del olvido, la palabra LIBERTAD.


No hace mucho una de estas embajadoras que ya es una mujer me dijo: "mare siéntate aquí en la alfombra y no te preocupes por nada".
Menos mal que estaba oscureciendo y no vio como una lágrima rebelde resbalaba impaciente para perderse entre la arena. Pero sí que sabe que estamos siempre muy cerca, porque la distancia no se mide en Km. Según ella, se siente en el corazón.


Lalia es una niña saharaui que nos explica en unas bellísimas imágenes cómo fue su pasado, cómo vive el presente y qué espera del futuro. Si tenéis unos minutos, apenas un cuarto de hora, sentaos y escuchadla. Es la voz inocente de los que claman en el desierto esperando el día del regreso.



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SIN FUTURO

>> 1/6/10


Tenía 24 años recién cumplidos cuando Franco murió. Recuerdo muy bien dónde estaba y qué estaba haciendo en el momento en que Arias Navarro lo comunicó: estaba desayunando.
Después vendría nuestra ”modélica Transición” y el paso a la Democracia. Dicen los entendidos que, para que fuera pacífica, hubo un pacto entre caballeros, padres de la Patria, para dejar atrás un tiempo de silencio, gris y preñado de miedos e impunidades.
Hoy, 35 años después, me pregunto si fue una buena opción. Ya sé que de nada sirve llorar sobre la leche vertida, ni tampoco especular con qué hubiera sucedido si en vez de esto, hubiéramos hecho lo otro. Lo que pasó, pasó y no hay vuelta atrás. Años más tarde, volvió a sonar el ruido de sables y todos reanudamos el ejercicio de amnesia colectiva que habíamos comenzado el día de la muerte del dictador.
Sin embargo, ahora, mientras camino por los jardines de mi pueblo, mis pensamientos se entremezclan. Me topo con el monolito erigido en loor a los caídos por Dios y por España, pienso en niños de piel canela, ojos brillantes y risas argentinas y en mi padre que hace años que murió y me digo que estos símbolos de un tiempo que todos quisimos olvidar no deberían estar allí, que los niños deberían poder crecer en su país, cerca del mar, y que a mi padre tenían que haberle ofrecido la posibilidad de ver su honor reparado. Me pregunto qué sentía al ver aquellas piedras con el águila, el yugo y las flechas, cuando llevaba a sus nietas de la mano.
También me pregunto qué sienten los saharauis hacia los españoles más allá de sus modales corteses y de su hospitalidad exquisita.
Y cuando veo como viven, esperando, sin perder la esperanza, el fin de un exilio terrible, me siento culpable, avergonzada, responsable de su situación.
Y no puedo dejar de pensar que mientras nosotros nos subíamos al autobús que nos llevaría hacia un futuro brillante, dejamos sin billete a otros que sólo pueden vivir el presente porque no tienen futuro. ¿Valió la pena sacrificarlos?
Y vuelvo atrás en el tiempo, cuando éramos tan jóvenes, mientras inconscientemente canturreo:
The answer is blowing in the wind.



ACTUALIZACIÓN
El pasado día 31 de Mayo dejé programada esta entrada. Aún no se había producido el ataque criminal a la flotilla por la Paz que se dirigía a Gaza, cargada de ayuda humanitaria.
Ante tan lamentables sucesos no podemos sino mostrar nuestra más enérgica condena. Me vais a permitir que os recomiende unos posts que han publicado unos amigos bloggers cuya opinión no puedo sino suscribir.


NUEVA ACTUALIZACIÓN - 4 de junio.
Vuelvo hoy y aún a riego de parecer pesada, os dejaré un nuevo enlace que lleva al blog de Lápices para la Paz.
Permitid que os recomiende, no sólo la lectura de la entrada, sino una visita atenta y pausada por este espacio en la red. Vale la pena.


Esta entrada va dedicada a Geni (un besito) que me propuso para que pudiera aullar en compañía. Sola, siempre le he gritado a la luna, aunque ésta no quiera saber nada de los lobos solitarios.

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